Llegué a Buenos Aires con 13 años y abandoné la Capital Federal a los 20, en un estado de paranoia casi constante que, a duras penas, me permitía escribir. La ciudad se despertaba sobre mi nuca una y otra vez. Yo la recibía siempre despierto y agudo hasta los pelos o borracho y enclenque. El maravilloso submundo que la gran ciudad presentaba abría una vida nueva, por elegir, en cada esquina. Y, mientras tanto, me acogía en su anonimato tan excitante como devastador.
Aquella tarde a finales de febrero, las cúpulas coloniales del barrio porteño de Congreso daban un respiro a la humedad del hastío. Sobre las veredas angostas, las sombras circulares servían de refugio a las ratas voladoras del microcentro. Pasé esquivando una manada. Sentí particular empatía con la relegada del grupo. Al igual que yo en esos tiempos, apenas podía volar con aquellas suelas de zapatos importados rozando su cabeza sin descanso.
Caminé por Rodriguez Peña hasta Corrientes. Al llegar a la esquina, el sol del mediodía daba de lleno en la vidriera de un local que vendía películas usadas. Ahí estaba, ante mí y una vez más, la histórica avenida. Un submundo del submundo. Uno de la incontable cantidad. Esos espacios por los que circulan las personas (no vamos a hablar de gente, lugar común, vago y sinsentido). Van, vagos y sinsentido. Sumergiéndose de uno en otro. Fagocitándose y entrando al círculo contiguo. De derecha a izquierda, apenas rozando los sueños.
En eso estaba. Tomé un trago de la petaca de whisky que llevaba en el bolsillo de mis bermudas verdes. Estaba por llegar al Congreso de la Nación, pero entré en la librería de Carlos y Cecilia. Una pareja de artesanos que habían comenzado hace poco con ese negocio. Lo montaron en un local de seis por seis, con un depósito en el fondo, baño y cocinita. Vivían hace unos meses en el sótano, porque debían dos meses de alquiler, y tuvieron que dejar el departamento. Se acababan de despertar. Carlos era alto y tenía una barriga de cerveza que se asomaba por las camisas a cuadros que siempre usaba. Un tipo simpático, de pocas palabras y rulos agradables. Anti academicista y con un bagagge de conocimientos que había asentado perfectamente después de trabajar durante muchos años con los libros.
- ¡Cabezón! - Saludó, al igual que siempre, desde el poste de luz que estaba en la puerta de la librería.
Entré, y fui a saludar a su mujer, Cecilia. No podía evitar hablar con ella sin mirarle las tetas. Una petisa, flaca y con buenas curvas en la cintura que servían de tobogán para los versos alentadores que nunca dejaba de decir. Derrochaba simpatía. Tenía unos ojos grandes y verdes que parecían prestar atención a cada una de las palabras que yo pronunciaba. Ambos eran muy cordiales. Por eso, disfrutaba visitarlos antes de ir a la redacción de la revista en donde yo trabajaba. Tomábamos unos mates, algunos bizcochos y pitábamos un porro. Allí, también trabajaba Julio. Un joven grande y gordo. De postura trabada y una barba crecida que le daba un aspecto imponente a su persona.
Fuimos al depósito. Ceci y sus tetas se quedaron en el mostrador. Encendieron un fasito y comenzamos a discutir de la coyuntura política que atravesaba el país. Poco tiempo atrás, habían asesinado a un militante político que no superaba los 25 años. El crimen fue perpetrado por una patota sindical durante un corte de vías cerca de Constitución
- La situación no da para más, podría haber sido cualquiera, ¿entendés? – dijo el Gordo
- ¿Sabés qué es lo más triste de todo? – preguntó Carlitos.
Y se respondió el solo, sin dejar segundo a otra idea.
- Que el crimen de ese pibe fue mafioso, anecdótico y programado - concluyó.
Interrumpí el clima político que llegó con el humo y decidí contar a los muchachos de mi partida. De fondo, sonaba un tema de Resistencia Suburbana. Ahora se había sumado la voz de un viejo que preguntaba por algún libro de filosofía. Se escuchaba el ruido de los colectivos y hasta se percibía el hollín incrustándose en las paredes.
- Creo que me voy a vivir al interior – les dije.
- En cuanto podamos, te caemos de visita – respondió Carlitos, mientras pestañaba con los dos ojos al mismo tiempo. Un tick muy cómico que traía desde niño.
Me encontraba algo mal de salud, física y mental. Disfrutaba poco y nada de conversaciones prolongadas. En esos días, prefería encerrarme a dormir y dibujar en el techo. Así que me levanté del piso. Nos despedimos muy afectuosamente, pese a que nos habíamos conocido, apenas, unos meses atrás.
Recuerdo perfectamente esa tarde lluviosa de invierno, con la calle llena de sombras y paraguas. Buenos Aires es más desolador y agresivo cuando cae agua desde el cielo. Yo llevaba un bolso lleno de libros que vendía en la calle. Literatura clásica y literatura setentista. Galeano, Marx, Focault, Guevara, Miller, Bukowski, Kerouac, etc, etc, etc. Un negocio que emprendí con dos muchachos, socios capitalistas. Ellos vendían libros en Plaza Italia. Yo, en cambio, estaba en la puerta de la Facultad de Ciencias Sociales. La salida era buena. Los intelectuales subsidiados por sus padres invertían, también, su mensualidad en los libros que yo exhibía. Sin embargo, mi situación económica empeoró violentamente y tuve que reventar toda la mercadería a un precio obsoleto. También desaparecí con los doscientos libros.
Caminé hasta la redacción pensando en los dos pibes que habían invertido conmigo hacía casi un año. Venía dirigiendo una película por día, sin parar, y no recordaba cuándo había comenzado. Me perdía en la jungla de cemento y reflexionaba. Pensaba en los momentos que no habían tenido una instancia de encuentro con el presente. Y, ahora, ya estaban demasiado lejos.
Antes de entrar a trabajar, me detuve en el bar de enfrente. Saqué mi libreta y anoté algunas características del lugar. Sería escenario de mi próxima crónica y quería llevarme datos precisos. Allí, trabajaba una familia entera. Padre, dos hijos y su señora. Bebí una cerveza de litro mezclada con el poco de whisky que tenía. El hijo más chico que atendía el kiosco tenía 19 años, uno menos que yo. Me invitó a una proyección de cine que se realizaría esa tarde en la zona norte de la Provincia. Le dije que si, pero, el solo hecho de pensar en el viaje de una hora arriba del tren me daba ganas de quedarme dormido arriba de la barra. Terminé la cerveza y saludé por última vez.
Subí caminando. El edificio tenía alrededor de cien años y sus instalaciones estaban como nuevas. Oscuras, pero nuevas. Las escaleras de mármol eran tenebrosas y la luz entraba por pequeños reductos ubicados a lo largo de su extensión. Me abrió la puerta la secretaria, Andrea. Madre soltera, de treinta y largos, sin estudios universitarios, que oficiaba de administrativa. Era flaquita, muy flaquita. Siempre se le veía el hilo de la bombacha porque todos sus pantalones le iban grandes. Tenía los pechitos caídos y casi no se le notaba el culo. Pero era una buena persona. Jamás me la pude coger. Creo que, de intentarlo, me hubiese dicho que no por miedo a que la Directora supiera algo. Como si fuera posible que se enterara. Con la crisis de 2001, la revista se derrumbó junto al país. El personal se redujo a colaboradores satélites, una secretaria y un redactor jefe. O sea, yo.
Andrea se iba a las tres de la tarde y todo el inmueble quedaba a mi disposición. Para la utilidad que yo quisiera darle. Me gustaba andar desnudo por ahí, metiéndome grandes rayas de falopa por la nariz, tomar cerveza y masturbarme. Por lo general, dilapidaba la jornada de trabajo escribiendo poesía. Esa tarde, mientras fumaba un cigarro cubano y bebía un vaso de whisky con hielo, decidí abandonar la Capital Federal. Hice mi mayor esfuerzo por terminar las crónicas que debía en esta y otras revistas, pero fue en vano. La borrachera me ganó entrada la noche y me fui a despedir de una gran amiga.
Dejé las llaves al encargado y me zambullí en la urbe. Los grandes focos de la plaza estaban encendidos. Me quemaron el pecho en el tiempo que duró la caminata hasta el subterráneo. Me atacaron con preguntas imposibles de reproducir. Sentí vergüenza por las respuestas anacrónicas que ofrecía. Entonces, por fin llegué al apartamento de Agustina. Estaba con su regla y acababa de morir la abuela. Me iba a tener que ir sin ponerla.
En su casa, siempre había buen vino, a temperatura natural. Destapamos uno. Charlamos. Nuestras conversaciones eran escuetas. Vehementes y vertiginosas, pero escuetas. A veces pasábamos semanas sin vernos. Entonces, nos acercábamos cautelosos. Como cuando dos personas no se conocen en la cama. Como la primera vez de una pareja virgen. Así, convencionalmente, le quitaba la remera. Después, las zapatillas y ella hacía el resto. Por la ventana del lavadero, seguían entrando hilos de confusión. Bajé la persiana. Ella ya estaba desnuda. Se quitó la coraza. Le tomé un par de fotografías. Bailó. Lloró y se quedó arrinconada contra un armario. Sus cabellos rebotaban en un espejo interno. La tomé por las axilas y la aventé en un colchón desvencijado que esperaba en la habitación, vacía de muebles. Me arrodillé, me tomó por la espalda. Y, mientras clavaba sus uñas en la parte superior de mis piernas, miró fijo por la ventana, durante uno o dos minutos. En silencio. Hasta que movió sus labios, con la sutileza digna de una primera dama.
- ¿Querés que te pegue una buena chupada en las pelotas? – dijo, con la punta de su lengua rozando la cabeza de mi verga.
- Cómo no voy a querer – respondí, tomándola por los rulos de la nuca y empujándola contra mi vientre.
Posdata
Apago la luz del living. Vos, con la puerta cerrada, en el cuarto. The Doors al palo. La apago porque da la sensación de que hay alguien al lado, en otra. Me tendría que haber quedado ahí, después de ese whisky y la discografía completa de Sumo.
Es más fuerte que yo, por eso estoy pensando en irme. En el lavadero la mecha. Se me abre el cielo de Boedo. Tomo soda porque se acabó lo que se daba.
Se hace la hora y se siente hasta el pecho, como esos problemas que te siguen sin horario, hasta que te curas del veneno o hasta que el tiempo hace correr todo. Mañana otra vez y otra vez me siento morir despacio.
Vine por lo nuevo, a veces hay sinónimos de deslumbrar con forma de persona. Con culo y tetas, como estatuas.
Le tomo la mano de a ratos, llama a la puerta y después corre.
Ya no se queda a dormir nunca más. Te miento si te digo que la extraño, se ha transfrmado en nada.
Por eso, escribo antes de que salga el sol. Grita desde el dormitorio. Borracha.
- ¿Y, mirás?
- A vos qué te parece
- ¿Nos vamos?
- Yo, la verdad, ni ganas de tocarte tengo
Quiero más. Si me tengo que parar al costado no pasa nada. Ahora que no te valoro, tirada en la cama con el vestido hasta la mitad de la espalda.
- No, no se puede.
Repetir es acelerar, callar es paz y quemarme es quedar. No, no se puede. Y acá va de nuevo.
- No, no te creo más.
La incongruencia en la insatisfacción y la contra en la carne, pura y putrefacta al mismo tiempo.
No pesa perder.
No va más.
- ¿Te quedás?
- No, mejor me tomo el tren
- Si después no te aguantas las cosas usadas, mejor quedate
- Andá para el mirador, miramor.
- Esas son las canciones de tu infancia ¿no?
-Seguro que pasó poco tiempo
- Dale, por favor, no me simulés más