Al poco tiempo de llegar a la capital de Salta conocí una candidata a ocupar una banca en el congreso provincial. Esa mañana me levanté muy temprano para ir a entrevistar al Intendente. Un diario local de poca tirada me había encargado una nota por cincuenta pesos. Módica suma que me permitiría subsistir, al menos, dos días en el norte del país.
Llovía y los músculos me pesaban más que la mochila con la que viajo. Miré por la pequeña ventana ubicada arriba de mi escritorio. Las nubes que bajaban brincando por los cerros llenaban el día de una gratificante tristeza. Con la cabeza a punto de estallar, víctima de una resaca que me daba la bienvenida, tomé mi cámara de fotos y el grabador.
Al llegar al lugar, un edificio de la Unión de Personal Civil de la Nación, supe como tenía que desenvolverme. Había trabajado unos meses en la Legislatura porteña, cubriendo cada paso que daban aquellos afrancesados parlamentarios. Los políticos, por más que tengan diferente procedencia, son todos de la misma cepa. Si, todos. Porque en algunos casos las generalizaciones valen, y mucho. A esa cepa, se le agregaba, también, el nivel de vida mediocre que reina en el interior argentino.
El Intentende no fue a la charla. En relación a la mediocridad. Pero, en su lugar, encontré a esta mujer. De rulos con puntas rubias y raíces morochas. Vestía un pantalón negro, zapatos de taco rojos y un saco que sintonizaba con el calzado. Repartía panfletos a los ñoquis presentes en el lugar. Les explicaba sus propuestas y por qué debían elegirla a ella. Única candidata mujer en toda la provincia.
Decidí entrevistarla y ver, si de todas formas, podía obtener mis cincuenta pesos. Durante quince minutos disparó con el discurso del casette. Luego, la charla se descontracturó y mutó en algo más personal. Me comentó que ella también era periodista. Que había viajado por Latinoamérica, durante once años, grabando un documental. Y que, por otro lado, tenía un programa televisivo sobre la salud en el cable local. Se movía como una persona abstinente. Mientras hablaba, se rascaba los brazos y se acomodaba la nariz. Me recordaba a los fumabase que estaban tirados al costado de los contenedores, en la villa 21-24. Recordé, con el grabador en la mano, las tardes y las noches destinadas a montar la primera cooperativa de comunicación villera de Argentina. Recordé las caras de los pibes que podrían haber terminado al lado del contenedor o fisurando las zapatillas pero que, ahora, eran grandes periodistas. Una pregunta y los rulos radioactivos me devolvieron al presente.
La candidata se llamaba Inés Del Vita. Nunca supe su edad. Quizás, nunca la sepa. No me cabe duda de que había pasado los cuarenta. Se levantaba las tetas con corpiños push up o con camisas apretadas. Se le estaban empezando a soltar las amarras en la retaguardia, pero las bombachas grandes levantaban todo. Portaba un carisma muy particular. Al margen de la estupidez política, que también había llegado, en tan solo dos meses de campaña, a lo más profundo de su cerebro. Desinteresada por lo ajeno, respondía: “Qué te parece, mira vos”, a cada pregunta que no había escuchado. Luego, pensaba una respuesta.
Estaba por terminar con las preguntas curriculares y me perdí, otra vez. Colgué en los lunares de su pecho. Infinitos, miles. Incontables. Podría pasarme una noche entera mirándola. Entre polvo y polvo, por supuesto. Era muy alegre, pero no tan hermosa. Finalizamos con la entrevista. Le estiré mi tarjeta. Dion Brugam Toreres – Periodista.
- Cuente conmigo para todo lo que necesite en materia de prensa – le dije, simulando una sobriedad que jamás podré tener.
- ¡Que te parece! Justo lo que estaba buscando
No podía ser verdad. Quizás, en cuestión de segundos, ingresaría como una rata en la boca de una boa, a esa masa amorfa de trabajadores estatales que tenía alrededor. ¡Increíble!
- Bueno, podemos juntarnos a tomar un café por la tarde y discutir acerca de algunas estrategias de comunicación para estas últimas dos semanas de campaña – dije, otra vez, con la sobriedad simulada. Aunque me hubiese encantado invitarla a mi casa, tomar unos tragos y coger durante una o dos horas seguidas. Mirar sus lunares durante varios minutos. Y coger otra vez.
- Vení, acompañame a un acto y vamos hablando – se apresuró a contestarme.
Me subí a un Renault 19 desvencijado. Parecía que no recibía mucho aporte económico del partido. Pero, era una posibilidad laboral. Así que me fui para allá. Manejaba Sonia, su hermana. Que más bien parecía una de las hermanas de Marge Simpson. Sonia me miraba con desconfianza por el espejo retrovisor. Seguramente, podía oler el hambre de dinero que yo tenía. A ella no la tocaba ni con un palo. O, tal vez, si. Pero primero iría a por la hermana, sus rulos, su dinero por llegar, sus bombachas grandes. Y, claro, por sus lunares.
- ¡Que te parece! Justo lo que estaba buscando
No podía ser verdad. Quizás, en cuestión de segundos, ingresaría como una rata en la boca de una boa, a esa masa amorfa de trabajadores estatales que tenía alrededor. ¡Increíble!
- Bueno, podemos juntarnos a tomar un café por la tarde y discutir acerca de algunas estrategias de comunicación para estas últimas dos semanas de campaña – dije, otra vez, con la sobriedad simulada. Aunque me hubiese encantado invitarla a mi casa, tomar unos tragos y coger durante una o dos horas seguidas. Mirar sus lunares durante varios minutos. Y coger otra vez.
- Vení, acompañame a un acto y vamos hablando – se apresuró a contestarme.
Me subí a un Renault 19 desvencijado. Parecía que no recibía mucho aporte económico del partido. Pero, era una posibilidad laboral. Así que me fui para allá. Manejaba Sonia, su hermana. Que más bien parecía una de las hermanas de Marge Simpson. Sonia me miraba con desconfianza por el espejo retrovisor. Seguramente, podía oler el hambre de dinero que yo tenía. A ella no la tocaba ni con un palo. O, tal vez, si. Pero primero iría a por la hermana, sus rulos, su dinero por llegar, sus bombachas grandes. Y, claro, por sus lunares.
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