jueves, 24 de marzo de 2011

Anotación segunda

Malditas terminales. Siempre las odié. Los mosquitos tucumanos no me dejaban en paz. Llegaba a Salta con poca plata y esa noche debería dormir en San Miguel de Tucumán antes de seguir con el dedo en la ruta. Acomodé la bolsa de dormir en un rincón, abrí mi navaja y dormí aferrado al poco dinero que llevaba conmigo. Que hermosas que se veían las mujeres encargadas de la limpieza en aquella moderna estación. Sus pantalones de tela fina me ayudaban a imaginarlas desnudas. No podía dejar de sonarme los huesos del cuello cuando se agachaban para poner lavandina en el piso. O cuando empujaban el fregador moviendo las cachas. Cerca de una colorada de buenas piernas y, seguramente, de algún barrio periférico, me sumergí en un sueño profundo. Ella barría a unos dos metros de mi . Hubiese sido fabuloso masturbarme entre las mantas, pero pensé que me asemejaría mucho a un vagabundo y preferí, simplemente, contenerme.

Al mediodía siguiente ya había arribado a La Linda. Fui directo desde la terminal a la casa de los familiares más cercanos que tengo después de mi madre y mi padre. La llegada fue de maravilla, como siempre. Me dieron un cuarto al fondo, cerca del patio, muy luminoso y con una privacidad inigualable. Era sábado. El lunes comenzaría a trabajar en una estación de radio. Estaba posicionado como el tercer dial más sintonizado en la ciudad. Una tía lejana habló con unos amigos suyos. Solo les bastó saber que venía de la gran Capital para emplearme. Fantástico. Mis tíos pasarían el fin de semana fuera. Nos quedamos solos, mi primo hermano y yo.

Fuimos a pegar porro y escabio. El tranza demoró un poco. Estábamos cerca del monumento a Güemes. Andábamos con el tiempo justo. Llegamos y pasadas las 22 arribó a la casa una amiguita de Santiago, mi sangre. Se dirigió sin saludar a la pileta. Habían arreglado todo por teléfono. ¿Lo mejor? No había que pagarle. Pusimos Patricio Rey en un altoparlante y la acompañamos. Ella ya estaba desnuda cuando entramos al agua. Armé un petardo ancho como mi dedo gordo y largo como mi dedo anular.

- Vení morocha, vamos a hacer como en las películas – dijo mi primo.

Nos sentamos sobre las escalinatas y comenzó a chupar las dos pijas. El humo subía y las imágenes caían de difusas.

- Ahora vas a brindar por la chota – le ordené, en honor a la vieja serie de televisión.

- ¡Brindo por la chota! – avisó, borracha, a todos los vecinos.

- ¿Cuá de las dos te gusta más? – preguntamos.

- Son parecidas, a ver, dejáme probar otra vez – ordenó, ella.

En rebeldía por el trato descortés nos mordía el glande, haciéndonos chapotear en la parte plana de la pileta. Nosotros le mordíamos el culo. Gritábamos y reducíamos a aquella mujer, que ya se había reducido haciendo caso a la invitación. Le dábamos indicaciones precisas y le permitíamos reírse, de ella, junto con nosotros. Sabía que cuando termináramos, le daríamos su ropa, llamaríamos un remis y, con alguna excusa poco elaborada, la despediríamos en la puerta. Toxi Taxi, Me matan limón. Luego, con Jijiji, salimos del agua. Se puso en cuatro patas, le rompimos el orto y le perforamos la garganta. Nos masturbamos hasta acabar y le llenamos la boca de leche con el sol asomando por atrás del cerro San Bernardo. Los rayos rebotaban perfectos y hacían brillar el esperma derramándose por su mentón. Cayendo gota por gota sobre sus pezones.

- Bienvenido – me susurró mi primo, mientras se sacaba el preservativo y le hacía un nudito, para que no se escape ninguna mala costumbre. 

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