lunes, 4 de abril de 2011

Anotación décima: Militancia I

Salta, 5 de abril de 2011

No creo que tu alma
sea mediocre
únicamente
por su condición,

Humana
o
Humano.

Cualquier conciencia estará devastada,
siempre y cuando,
no
intervenga la realidad.

Canción
o
sonámbulo.

Alarido
o
foto.

Claro, todos sabemos que existen fariseos del cambio.
No es difícil identificarlos. Porque, inclusive, las vísceras más animales del cuerpo
jamás
demuestran interés,

sadismo
o
hambre.

domingo, 3 de abril de 2011

Anotación novena: Carta a mi hijo

Salta 1° de abril de 2011


Santino, eres hijo de tu madre
y de la duda.

Te has gestado en el fragor
del combate
más turbio: el desconocimiento, contra el mundo.

Serás, por eso, un hombre de derrotas voluntarias
y de hazañas aplaudidas por los que envidian.

De grandes victorias, reflejadas todas
en esos ojos inmnenos, como lunas
de valle.

Tu pelo pardo caerá en la tierra donde elijas morir.
Y la volverá fértil, porque eres un aplauso.
Espontáneo, indeseado y puro.

Pero, para eso, falta mucho,
Hijo. Si es que así fuera.

Tengo para ti una sola premisa.

Entrega tu vida sin puntos medios.
Solo los mediocres titubean en las decisiones minúsculas.
Y mata, para no morir, en las decisiones trascendentales.
Porque nadie velará por tu destino.

Hay algo que quiero contarte,
Ya que huelo la inminencia
de un cambio.

Otro más.

Inmediatamente después de crearte,
pasé una hora debajo de la ducha.
Con el agua cayendo vehementemente en mi nuca.

Aún, hoy, no puedo olvidar el frío de aquellos azulejos.
El ruido de los autos y las luces en movimiento
que se filtraban por las persianas bajas de aquel hotelucho.

Tu madre dormía, borracha.
Supe que algo había sucedido. 
Y no hablo de alguna payasada sobrenatural.

Sentí, en el fondo de mi pecho,
mientras transcurría esa preciosa noche
en el barrio de Once,
que nada volvería a ser igual.

Pero no dije nada, hasta ahora.
Y, de aquí en adelante, todo es incierto.

Otra vez.

Solo espero que estés durmiendo entre sábanas calientes.
Solo espero que no dilapides tu tiempo.
Solo espero que seas fuerte.
Solo espero que estés y que no estés.
Solo espero las responsabilidades.
Solo espero la huida.

Solo espero la muerte y

que tu no seas nada
de lo que yo he sido. 
Pero que aprendas
todo lo que yo he aprendido.

Te amo aunque, tal vez, nuestras voces nunca se conozcan.

viernes, 25 de marzo de 2011

Anotación octava: Brote

Perdedor.
Lees en tu techo.

Inverosímil.
Es tu propuesta.

Incondicional.
Es tu credo.

Aleatorios.
Son tus absolutismos.

Plastilina.
Parecen tus ideales.

Vagancia.
Tu elección.

Disturbios.
Hay en tu cabeza.

Soledad.
Para curar.

Vicio.
Para nacer.

Cínico.
Te has vuelto.

Estúpido.
Serás mañana.

Triste.
Envejecerás.

Solo.
Morirás.

Jamás
resucitarás, iluso.

Anotación séptima: Recuerdos

El recorrido del tren está cortado por una calle de poca circulación. Abajo del puente, dos travestis gordos coqueteaban con unos muchachos. Nosotros nos aproximábamos rápido, borrachos. En las primeras horas del domingo, apenas terminado el sábado, cualquier porteño, o persona que habite en la Capital Federal, puede sacar una porción del enorme caldo de vicios que se cocina aquí.


La ciudad se enciende para nuestros ojos. Recorrimos el mismo camino que cuando fuimos. Salimos a Santa Fe y Puente Pacífico estaba, inmenso, ante los dos. Avanzamos hasta cruzar la avenida. Avalanchas interminables de autos arremetían contra los semáforos en verde.

Anotación sexta: Di putada

Al poco tiempo de llegar a la capital de Salta conocí una candidata a ocupar una banca en el congreso provincial. Esa mañana me levanté muy temprano para ir a entrevistar al Intendente. Un diario local de poca tirada me había encargado una nota por cincuenta pesos. Módica suma que me permitiría subsistir, al menos, dos días en el norte del país.

Llovía y los músculos me pesaban más que la mochila con la que viajo. Miré por la pequeña ventana ubicada arriba de mi escritorio. Las nubes que bajaban brincando por los cerros llenaban el día de una gratificante tristeza. Con la cabeza a punto de estallar, víctima de una resaca que me daba la bienvenida, tomé mi cámara de fotos y el grabador.

Al llegar al lugar, un edificio de la Unión de Personal Civil de la Nación, supe como tenía que desenvolverme. Había trabajado unos meses en la Legislatura porteña, cubriendo cada paso que daban aquellos afrancesados parlamentarios. Los políticos, por más que tengan diferente procedencia, son todos de la misma cepa. Si, todos. Porque en algunos casos las generalizaciones valen, y mucho. A esa cepa, se le agregaba, también, el nivel de vida mediocre que reina en el interior argentino.

El Intentende no fue a la charla. En relación a la mediocridad. Pero, en su lugar, encontré a esta mujer. De rulos con puntas rubias y raíces morochas. Vestía un pantalón negro, zapatos de taco rojos y un saco que sintonizaba con el calzado. Repartía panfletos a los ñoquis presentes en el lugar. Les explicaba sus propuestas y por qué debían elegirla a ella. Única candidata mujer en toda la provincia.

Decidí entrevistarla y ver, si de todas formas, podía obtener mis cincuenta pesos. Durante quince minutos disparó con el discurso del casette. Luego, la charla se descontracturó y mutó en algo más personal. Me comentó que ella también era periodista. Que había viajado por Latinoamérica, durante once años, grabando un documental. Y que, por otro lado, tenía un programa televisivo sobre la salud en el cable local. Se movía como una persona abstinente. Mientras hablaba, se rascaba los brazos y se acomodaba la nariz. Me recordaba a los fumabase que estaban tirados al costado de los contenedores, en la villa 21-24. Recordé, con el grabador en la mano, las tardes y las noches destinadas a montar la primera cooperativa de comunicación villera de Argentina. Recordé las caras de los pibes que podrían haber terminado al lado del contenedor o fisurando las zapatillas pero que, ahora, eran grandes periodistas. Una pregunta y los rulos radioactivos me devolvieron al presente.

La candidata se llamaba Inés Del Vita. Nunca supe su edad. Quizás, nunca la sepa. No me cabe duda de que había pasado los cuarenta. Se levantaba las tetas con corpiños push up o con camisas apretadas. Se le estaban empezando a soltar las amarras en la retaguardia, pero las bombachas grandes levantaban todo. Portaba un carisma muy particular. Al margen de la estupidez política, que también había llegado, en tan solo dos meses de campaña, a lo más profundo de su cerebro. Desinteresada por lo ajeno, respondía: “Qué te parece, mira vos”, a cada pregunta que no había escuchado. Luego, pensaba una respuesta.

Estaba por terminar con las preguntas curriculares y me perdí, otra vez. Colgué en los lunares de su pecho. Infinitos, miles. Incontables. Podría pasarme una noche entera mirándola. Entre polvo y polvo, por supuesto. Era muy alegre, pero no tan hermosa. Finalizamos con la entrevista. Le estiré mi tarjeta. Dion Brugam Toreres – Periodista.

- Cuente conmigo para todo lo que necesite en materia de prensa – le dije, simulando una sobriedad que jamás podré tener.

- ¡Que te parece! Justo lo que estaba buscando

No podía ser verdad. Quizás, en cuestión de segundos, ingresaría como una rata en la boca de una boa, a esa masa amorfa de trabajadores estatales que tenía alrededor. ¡Increíble!

- Bueno, podemos juntarnos a tomar un café por la tarde y discutir acerca de algunas estrategias de comunicación para estas últimas dos semanas de campaña – dije, otra vez, con la sobriedad simulada. Aunque me hubiese encantado invitarla a mi casa, tomar unos tragos y coger durante una o dos horas seguidas. Mirar sus lunares durante varios minutos. Y coger otra vez.

- Vení, acompañame a un acto y vamos hablando – se apresuró a contestarme.

Me subí a un Renault 19 desvencijado. Parecía que no recibía mucho aporte económico del partido. Pero, era una posibilidad laboral. Así que me fui para allá. Manejaba Sonia, su hermana. Que más bien parecía una de las hermanas de Marge Simpson. Sonia me miraba con desconfianza por el espejo retrovisor. Seguramente, podía oler el hambre de dinero que yo tenía. A ella no la tocaba ni con un palo. O, tal vez, si. Pero primero iría a por la hermana, sus rulos, su dinero por llegar, sus bombachas grandes. Y, claro, por sus lunares.  

jueves, 24 de marzo de 2011

Anotación quinta: Más recuerdos

Se hizo de invierno
en esta noche.

el ladrillo a la vista
uno arriba del otro 
foquitos
pelados
que me hacen acordar 

a las calles de La Paz.
Las caras aindiadas
me rozan el brazo derecho

y el jolgorio de haber sobrevivido
me toca el izquierdo
para avisar

que se hizo de invierno
en esta noche

Anotación cuarta: Recuerdos

- Loco, ¿tenés un cigarro para convidarme?
- Si. cómo no. 
Sacó un Viceroy y se presentó estirándome la mano. "Un gusto, el Tano". Cuando le dije mi nombre no escuchó, todavía tenía los auriculares puestos. 
La nieblita de la noche del invierno estaba alta hasta la mitad de la calle y en la estación, un frío de locos. Nos pusimos a hablar, ahí, mientras esperábamos el tren en el banquito donde me sentaba a esperar cada vez que volvía de Padua a Once. Vino el tren, uno de los últimos del domingo. El tano hablaba mucho, era claro y te hacía entender cuando subrayaba una idea. El énfasis casi desquiciado de los que no pueden dejar sin contar ningún detalle de la historia. Claro y verborrágico porque se puede acabar la charla y no te contó una de las cosas más importantes, una más. 



Castelar. "Doble vida. Siempre me di mañana con las manos. Desde chico, viste. Construcción, electricidad. Corte, maestro mayor de obras. Y pegué como encargado de un complejo de 6 edificios, en Quilmes. Re parado estaba. Pero de noche salía a poner coches, porque siempre faltaba, viste". El Tano me caía bien. Es difícil de discernir, con las personas que no conozco, si están mintiendo o no. Pero era copado. Con los ojos grandes, consternados y brillosos como un faro, pero no parecía un tipo con malas intenciones.
Ramos Mejía.
- Loco, ¿no te copas y te bajás en Ramos y te invito un vino. Así te termino de contar la historia? El bondi que me tomo pasa acá. - dijo
- Eh, bueno dale - le dije. Si total, no tenía nada que hacer.
 Fuimos a mear atrás de la estación. La nieblita de la noche de nuevo y ya era lunes. Caminamos para buscar un lugar a donde vendan vino. Caminamos por algunas cuadras adentro de la avenida, por la avenida, nada. Volvimos al mismo lugar, las sombras que dejaban de ser sombras en la luz del paso a nivel en las vías. Alguien había prendido fuego unas bolsas de basura atrás de un puesto de flores cerrado. Y las sombras seguían siendo sombras que se deslizan a la noche por el pavimento. Por la vereda. Y de nuevo a caminar en la calle "para no delatar miedo", dice el cordobés Vicente Luy.
- Bueno, vieja, no pasa nada. Pero algo vamos a tomar, aunque sea unos pases.
El tano buscaba en los bolsillos, yo me estaba fumando un cigarro. Un auto pasó por la calle. Atrás iban cuatro nenes, pegados al vidrio del costado. De diferentes edades peleaban por un poco de espacio en el vidrio. El Renó diecinueve iba rápido. Los pendejos nos miraron fijo. De diferentes edades. Su boca estaba abierta. Y nos siguieron con la mirada hasta que no nos pudimos ver más. Los seguí con la cabeza, con el aburrimiento y el vacío de la ansiedad. Pensar en una sola cosa te aisla y te remite a un estado de pura búsqueda personal.


- ¿Y, Tano, qué onda?
- Acá está.
Ovillo de papel metalizado.
- Dale, dale cabezón, poné el huequito de la mano.
Me invitó dos más.
y fuimos a fumar un cigarro
de narices en invierno
en la estación
de la una y media
de la mañana
en zapatillas de invierno
sin medias es mejor que
con agujeros
fuimos con pasos de invierno
con piernas entumecidas
y el cuello que tiembla desbordado del frío.
Abajo, en el túnel para pasar de un lado a otro de la calle, los azulejos amarillos, gastados, pintados, al borde de la caída y del estallido. El mismo frío y con menos viento. Dos pibitos estaban durmiendo al lado de la máquina que saca boletos. "Eh, amigo ¿no sale uno de ahí?".
-No guachin, la matamos ahora. Le contestó el Tano. Yo los miraba. No pensar, pensar en nada, la mirada fija, cuelgue.
- ¿Cómo le decís vos?
- Enrosque le digo. Poné que te sirvo.
Nervioso estaba el tano
de lo duro que estaba
"Un día me vas a conocer mi verdadero yo"
me dijo
que le dijo
a la pibita que se venía chamuyando en el tren
"Le comí la cabeza, boludo" dice riéndose. "Pobre".
Pasá cuando quieras
le contesto la piba
le dijo que trabajaba en Liniers
en el puestito
dónde la vió.


Anotación tercera: descarte

Profundo
pierdo el eje.

Oscuro
libro un viaje.

Residuos de ser humano hoy,
te pido disculpas.

Tan miserablemente predecible
que 

con el reflejo escéptico
voy a volver a ser

temblor
o dudas.

Anotación segunda

Malditas terminales. Siempre las odié. Los mosquitos tucumanos no me dejaban en paz. Llegaba a Salta con poca plata y esa noche debería dormir en San Miguel de Tucumán antes de seguir con el dedo en la ruta. Acomodé la bolsa de dormir en un rincón, abrí mi navaja y dormí aferrado al poco dinero que llevaba conmigo. Que hermosas que se veían las mujeres encargadas de la limpieza en aquella moderna estación. Sus pantalones de tela fina me ayudaban a imaginarlas desnudas. No podía dejar de sonarme los huesos del cuello cuando se agachaban para poner lavandina en el piso. O cuando empujaban el fregador moviendo las cachas. Cerca de una colorada de buenas piernas y, seguramente, de algún barrio periférico, me sumergí en un sueño profundo. Ella barría a unos dos metros de mi . Hubiese sido fabuloso masturbarme entre las mantas, pero pensé que me asemejaría mucho a un vagabundo y preferí, simplemente, contenerme.

Al mediodía siguiente ya había arribado a La Linda. Fui directo desde la terminal a la casa de los familiares más cercanos que tengo después de mi madre y mi padre. La llegada fue de maravilla, como siempre. Me dieron un cuarto al fondo, cerca del patio, muy luminoso y con una privacidad inigualable. Era sábado. El lunes comenzaría a trabajar en una estación de radio. Estaba posicionado como el tercer dial más sintonizado en la ciudad. Una tía lejana habló con unos amigos suyos. Solo les bastó saber que venía de la gran Capital para emplearme. Fantástico. Mis tíos pasarían el fin de semana fuera. Nos quedamos solos, mi primo hermano y yo.

Fuimos a pegar porro y escabio. El tranza demoró un poco. Estábamos cerca del monumento a Güemes. Andábamos con el tiempo justo. Llegamos y pasadas las 22 arribó a la casa una amiguita de Santiago, mi sangre. Se dirigió sin saludar a la pileta. Habían arreglado todo por teléfono. ¿Lo mejor? No había que pagarle. Pusimos Patricio Rey en un altoparlante y la acompañamos. Ella ya estaba desnuda cuando entramos al agua. Armé un petardo ancho como mi dedo gordo y largo como mi dedo anular.

- Vení morocha, vamos a hacer como en las películas – dijo mi primo.

Nos sentamos sobre las escalinatas y comenzó a chupar las dos pijas. El humo subía y las imágenes caían de difusas.

- Ahora vas a brindar por la chota – le ordené, en honor a la vieja serie de televisión.

- ¡Brindo por la chota! – avisó, borracha, a todos los vecinos.

- ¿Cuá de las dos te gusta más? – preguntamos.

- Son parecidas, a ver, dejáme probar otra vez – ordenó, ella.

En rebeldía por el trato descortés nos mordía el glande, haciéndonos chapotear en la parte plana de la pileta. Nosotros le mordíamos el culo. Gritábamos y reducíamos a aquella mujer, que ya se había reducido haciendo caso a la invitación. Le dábamos indicaciones precisas y le permitíamos reírse, de ella, junto con nosotros. Sabía que cuando termináramos, le daríamos su ropa, llamaríamos un remis y, con alguna excusa poco elaborada, la despediríamos en la puerta. Toxi Taxi, Me matan limón. Luego, con Jijiji, salimos del agua. Se puso en cuatro patas, le rompimos el orto y le perforamos la garganta. Nos masturbamos hasta acabar y le llenamos la boca de leche con el sol asomando por atrás del cerro San Bernardo. Los rayos rebotaban perfectos y hacían brillar el esperma derramándose por su mentón. Cayendo gota por gota sobre sus pezones.

- Bienvenido – me susurró mi primo, mientras se sacaba el preservativo y le hacía un nudito, para que no se escape ninguna mala costumbre. 

Anotación primera



Llegué a Buenos Aires con 13 años y abandoné la Capital Federal a los 20, en un estado de paranoia casi constante que, a duras penas, me permitía escribir. La ciudad se despertaba sobre mi nuca una y otra vez. Yo la recibía siempre despierto y agudo hasta los pelos o borracho y enclenque. El maravilloso submundo que la gran ciudad  presentaba abría una vida nueva, por elegir, en cada esquina. Y, mientras tanto, me acogía en su anonimato tan excitante como devastador.

Aquella tarde a finales de febrero, las cúpulas coloniales del barrio porteño de Congreso daban un respiro a la humedad del hastío. Sobre las veredas angostas, las sombras circulares servían de refugio a las ratas voladoras del microcentro. Pasé esquivando una manada. Sentí particular empatía con la relegada del grupo. Al igual que yo en esos tiempos,  apenas podía volar con aquellas suelas de zapatos importados rozando su cabeza sin descanso.

Caminé por Rodriguez Peña hasta Corrientes. Al llegar a la esquina, el sol del mediodía daba de lleno en la vidriera de un local que vendía películas usadas. Ahí estaba, ante mí y una vez más, la histórica avenida. Un submundo del submundo. Uno de la incontable cantidad. Esos espacios por los que circulan las personas (no vamos a hablar de gente, lugar común, vago y sinsentido). Van, vagos y sinsentido. Sumergiéndose de uno en otro. Fagocitándose y entrando al círculo contiguo. De derecha a izquierda, apenas rozando los sueños.

En eso estaba. Tomé un trago de la petaca de whisky que llevaba en el bolsillo de mis bermudas verdes. Estaba por llegar al Congreso de la Nación, pero entré en la librería de Carlos y Cecilia. Una pareja de artesanos que habían comenzado hace poco con ese negocio. Lo montaron en un local de seis por seis, con un depósito en el fondo, baño y cocinita. Vivían hace unos meses en el sótano, porque debían dos meses de alquiler, y tuvieron que dejar el departamento. Se acababan de despertar. Carlos era alto y tenía una barriga de cerveza que se asomaba por las camisas a cuadros que siempre usaba. Un tipo simpático, de pocas palabras y rulos agradables. Anti academicista y con un bagagge de conocimientos que había asentado perfectamente después de trabajar durante muchos años con los libros.

- ¡Cabezón! - Saludó, al igual que siempre, desde el poste de luz que estaba en la puerta de la librería.

Entré, y fui a saludar a su mujer, Cecilia. No podía evitar hablar con ella sin mirarle las tetas. Una petisa, flaca y con buenas curvas en la cintura que servían de tobogán para los versos alentadores que nunca dejaba de decir. Derrochaba simpatía. Tenía unos ojos grandes y verdes que parecían prestar atención a cada una de las palabras que yo pronunciaba. Ambos eran muy cordiales. Por eso, disfrutaba visitarlos antes de ir a la redacción de la revista en donde yo trabajaba. Tomábamos unos mates, algunos bizcochos y pitábamos un porro. Allí, también trabajaba Julio. Un joven grande y gordo. De postura trabada y una barba crecida que le daba un aspecto imponente a su persona.

Fuimos al depósito. Ceci y sus tetas se quedaron en el mostrador. Encendieron un fasito y comenzamos a discutir de la coyuntura política que atravesaba el país. Poco tiempo atrás, habían asesinado a un militante político que no superaba los 25 años. El crimen fue perpetrado por una patota sindical durante un corte de vías cerca de Constitución
     
- La situación no da para más, podría haber sido cualquiera, ¿entendés? – dijo el Gordo

-  ¿Sabés qué es lo más triste de todo? – preguntó Carlitos.

Y se respondió el solo, sin dejar segundo a otra idea.

- Que el crimen de ese pibe fue mafioso, anecdótico y programado - concluyó.

Interrumpí el clima político que llegó con el humo y decidí contar a los muchachos de mi partida. De fondo, sonaba un tema de Resistencia Suburbana. Ahora se había sumado la voz de un viejo que preguntaba por algún libro de filosofía. Se escuchaba el ruido de los colectivos y hasta se percibía el hollín incrustándose en las paredes.

- Creo que me voy a vivir al interior – les dije.

- En cuanto podamos, te caemos de visita – respondió Carlitos, mientras pestañaba con los dos ojos al mismo tiempo. Un tick muy cómico que traía desde niño.

Me encontraba algo mal de salud, física y mental. Disfrutaba poco y nada de conversaciones prolongadas. En esos días, prefería encerrarme a dormir y dibujar en el techo. Así que me levanté del piso. Nos despedimos muy afectuosamente, pese a que nos habíamos conocido, apenas, unos meses atrás.

Recuerdo perfectamente esa tarde lluviosa de invierno, con la calle llena de sombras y paraguas. Buenos Aires es más desolador y agresivo cuando cae agua desde el cielo. Yo llevaba un bolso lleno de libros que vendía en la calle. Literatura clásica y literatura setentista. Galeano, Marx, Focault, Guevara, Miller, Bukowski, Kerouac, etc, etc, etc. Un negocio que emprendí con dos muchachos, socios capitalistas. Ellos vendían libros en Plaza Italia. Yo, en cambio, estaba en la puerta de la Facultad de Ciencias Sociales. La salida era buena. Los intelectuales subsidiados por sus padres invertían, también, su mensualidad en los libros que yo exhibía. Sin embargo, mi situación económica empeoró violentamente y tuve que reventar toda la mercadería a un precio obsoleto. También desaparecí con los doscientos libros.

Caminé hasta la redacción pensando en los dos pibes que habían invertido conmigo hacía casi un año. Venía dirigiendo una película por día, sin parar, y no recordaba cuándo había comenzado. Me perdía en la jungla de cemento y reflexionaba. Pensaba en los momentos que no habían tenido una instancia de encuentro con el presente. Y, ahora, ya estaban demasiado lejos.

Antes de entrar a trabajar, me detuve en el bar de enfrente. Saqué mi libreta y anoté algunas características del lugar. Sería escenario de mi próxima crónica y quería llevarme datos precisos. Allí, trabajaba una familia entera. Padre, dos hijos y su señora. Bebí una cerveza de litro mezclada con el poco de whisky que tenía. El hijo más chico que atendía el kiosco tenía 19 años, uno menos que yo. Me invitó a una proyección de cine que se realizaría esa tarde en la zona norte de la Provincia. Le dije que si, pero, el solo hecho de pensar en el viaje de una hora arriba del tren me daba ganas de quedarme dormido arriba de la barra. Terminé la cerveza y saludé por última vez.

Subí caminando. El edificio tenía alrededor de cien años y sus instalaciones estaban como nuevas. Oscuras, pero nuevas. Las escaleras de mármol eran tenebrosas y la luz entraba por pequeños reductos ubicados a lo largo de su extensión. Me abrió la puerta la secretaria, Andrea. Madre soltera, de treinta y largos, sin estudios universitarios, que oficiaba de administrativa. Era flaquita, muy flaquita. Siempre se le veía el hilo de la bombacha porque todos sus pantalones le iban grandes. Tenía los pechitos caídos y casi no se le notaba el culo. Pero era una buena persona. Jamás me la pude coger. Creo que, de intentarlo, me hubiese dicho que no por miedo a que la Directora supiera algo. Como si fuera posible que se enterara. Con la crisis de 2001, la revista se derrumbó junto al país. El personal se redujo a colaboradores satélites, una secretaria y un redactor jefe. O sea, yo.

Andrea se iba a las tres de la tarde y todo el inmueble quedaba a mi disposición. Para la utilidad que yo quisiera darle. Me gustaba andar desnudo por ahí, metiéndome grandes rayas de falopa por la nariz, tomar cerveza y masturbarme. Por lo general, dilapidaba la jornada de trabajo escribiendo poesía. Esa tarde, mientras fumaba un cigarro cubano y bebía un vaso de whisky con hielo, decidí abandonar la Capital Federal. Hice mi mayor esfuerzo por terminar las crónicas que debía en esta y otras revistas, pero fue en vano. La borrachera me ganó entrada la noche y me fui a despedir de una gran amiga.

Dejé las llaves al encargado y me zambullí en la urbe. Los grandes focos de la plaza estaban encendidos. Me quemaron el pecho en el tiempo que duró la caminata hasta el subterráneo. Me atacaron con preguntas imposibles de reproducir. Sentí vergüenza por las respuestas anacrónicas que ofrecía. Entonces, por fin llegué al apartamento de Agustina. Estaba con su regla y acababa de morir la abuela. Me iba a tener que ir sin ponerla.

En su casa, siempre había buen vino, a temperatura natural. Destapamos uno. Charlamos. Nuestras conversaciones eran escuetas. Vehementes y vertiginosas, pero escuetas. A veces pasábamos semanas sin vernos. Entonces, nos acercábamos cautelosos. Como cuando dos personas no se conocen en la cama. Como la primera vez de una pareja virgen. Así, convencionalmente, le quitaba la remera. Después, las zapatillas y ella hacía el resto. Por la ventana del lavadero, seguían entrando hilos de confusión. Bajé la persiana. Ella ya estaba desnuda. Se quitó la coraza. Le tomé un par de fotografías. Bailó. Lloró y se quedó arrinconada contra un armario. Sus cabellos rebotaban en un espejo interno. La tomé por las axilas y la aventé en un colchón desvencijado que esperaba en la habitación, vacía de muebles. Me arrodillé, me tomó por la espalda. Y, mientras clavaba sus uñas en la parte superior de mis piernas, miró fijo por la ventana, durante uno o dos minutos. En silencio. Hasta que movió sus labios, con la sutileza digna de una primera dama.

- ¿Querés que te pegue una buena chupada en las pelotas? – dijo, con la punta de su lengua rozando la cabeza de mi verga.

- Cómo no voy a querer – respondí, tomándola por los rulos de la nuca y empujándola contra mi vientre.




Posdata


Apago la luz del living. Vos, con la puerta cerrada, en el cuarto. The Doors al palo. La apago porque da la sensación de que hay alguien al lado, en otra. Me tendría que haber quedado ahí, después de ese whisky y la discografía completa de Sumo. 
Es más fuerte que yo, por eso estoy pensando en irme. En el lavadero la mecha. Se me abre el cielo de Boedo. Tomo soda porque se acabó lo que se daba. 
Se hace la hora y se siente hasta el pecho, como esos problemas que te siguen sin horario, hasta que te curas del veneno o hasta que el tiempo hace correr todo. Mañana otra vez y otra vez me siento morir despacio.
Vine por lo nuevo, a veces hay sinónimos de deslumbrar con forma de persona. Con culo y tetas, como estatuas. 
Le tomo la mano de a ratos, llama a la puerta y después corre.
Ya no se queda a dormir nunca más. Te miento si te digo que la extraño, se ha transfrmado en nada. 
Por eso, escribo antes de que salga el sol. Grita desde el dormitorio. Borracha.
- ¿Y, mirás? 
- A vos qué te parece
- ¿Nos vamos?
- Yo, la verdad, ni ganas de tocarte tengo
Quiero más. Si me tengo que parar al costado no pasa nada. Ahora que no te valoro, tirada en la cama con el vestido hasta la mitad de la espalda. 
- No, no se puede.
Repetir es acelerar, callar es paz y quemarme es quedar. No, no se puede. Y acá va de nuevo.
- No, no te creo más.
La incongruencia en la insatisfacción y la contra en la carne, pura y putrefacta al mismo tiempo.
No pesa perder.
No va más.
- ¿Te quedás?
- No, mejor me tomo el tren
- Si después no te aguantas las cosas usadas, mejor quedate
- Andá para el mirador, miramor.
- Esas son las canciones de tu infancia ¿no? 
-Seguro que pasó poco tiempo
- Dale, por favor, no me simulés más

Preludio

Recomiendo que huyas a los ruidos
de vida en carroña y no solo
a los que vuelven claustro tu sueño.

Imagino que muero cercado,
con la cara en tu sexo y la presión
en la nuca.

Entonces,

Desaparezco. Con mi triste voluntad de amor,
en una vida plagada de alaridos y de guerra.